LA DISENSIÓN ANABAUTISTA

 LA DISENSIÓN ANABAUTISTA

Es consenso que el anabaptismo se inició en Zúrich con declaraciones de discípulos de Zwinglio que lo acusaban de no llevar hasta las últimas consecuencias sus postulados teológicos. Zwinglio, como los otros reformadores, tenía muchos seguidores. Algunos de ellos tenían algún grado de educación. Las palabras "entusiastas", "radicales", "anabautistas" y "espiritualistas" se alternan en referencia a estos grupos. Se convirtieron en "los protestantes del protestantismo" y una tercera vía para el catolicismo y los reformados.

No fueron los únicos que estaban descontentos. Hubo varios movimientos que criticaron la inmoralidad y el abuso en la iglesia, discrepaban del bautismo infantil y abogaban por el bautismo de adultos por inmersión, criticaban a otros grupos protestantes por no profundizar lo suficiente en la reforma, propagaban la separación de la iglesia y el estado y su liderazgo característicamente secular.

Dondequiera que iban, causaban revuelo, pero cuando se mira hoy, se percibe que "se estaba gestando la lucha moderna por la libertad de opinión y de conciencia". No se puede hacer una lectura reduccionista del movimiento creyendo que es algo meramente religioso. Las preguntas planteadas por los anabautistas, aunque tenían una base teológica y religiosa, tenían profundas implicaciones sociales, económicas y políticas, como se hace evidente al estudiar el surgimiento, el desarrollo y las consecuencias de las posiciones anabautistas. No sopesar estas dimensiones es dejar de lado importantes aportaciones y reducir el movimiento a unos pocos aficionados.

No es de extrañar que esta disidencia viniera de Zwinglio, pidiendo más coherencia en la responsabilidad con los postulados de la fe. Zwinglio era voluble, pues cuando sus posiciones eran cuestionadas por el poder o cuando insistir en un punto podría quitarle “notoriedad”, no tenía reparos en cambiar de opinión. Así fue con su creencia pacifista (dirigió un ejército para mantener las tierras conquistadas), defendió el bautismo de adultos, negando el bautismo infantil, pero cambió de convicción cuando el Ayuntamiento se pronunció; participó en la sentencia de muerte de uno de sus discípulos.

Los “discípulos radicales” no le pedían más que coherencia y firmeza en la fe. Estaban cansados ​​de escuchar predicaciones que no se traducían en actos de comportamiento ético, lo cual era común en la Iglesia Católica.

Marcos Inhauser



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